sábado, 12 de mayo de 2018

DUATLÓN DE SALAMANCA. Por Juan Luis.

Tercera prueba del año. En la primera la temperatura era bajo cero y en la segunda, al frío se le sumó el aire, muy fuerte. Con estos antecedentes mi gabinete de emergencia tomó medidas drásticas y en mi fuero, que es interno, se decidió no correr hasta que llegara un sol rotundo acompañado de manga corta. El viernes pasado salí a entrenar con la bici. Llevaba un maillot sin mangas y durante toda la tarde el sol me guiñaba un ojo. Me dije: ¿por qué no?  Así que el domingo tenía una cita en Salamanca: Duatlón por equipos, distancia sprint. 

Después de un buen madrugón llegamos hasta la capital del Tormes con lluvia, granizo, viento e incluso nieve en la sierra. ¡Tócate las pelotas! (valga el micromachismo, que no sé si lo es pero mejor no tentar la suerte).

Paraguas, chubasqueros, cortavientos, puestos de castañas, bufandas, representantes de Gas Natural, formaban parte del paisaje. Incluso en un generador de corriente a gasolina que daba electricidad a la zona de meta se le acercaron unos cuantos participantes recibiendo el calor desprendido por el escape. Por supuesto, eran Tripis. La junta directiva tiene que abrir expedientes disciplinarios y va a tener que poner en marcha un código deontológico ya. 

Otra vez que me pilla el toro (con perdón de los antitaurinos). Sólo llevo el mono de competición y un maillot de primavera por si acaso. Nando me presta una camiseta térmica y Luis unos guantes de poner tubos de riego para la bici (con perdón de los agricultores).

El club confeccionó dos equipos. En el primero iban los rápidos y en el segundo la junta directiva priorizó el rebote y metió un quinteto inicial (sexteto en este caso, con perdón de los matemáticos) que rozaba el 1’90. Solo nos faltaban Felipe Reyes y el Kaly. 

Éramos Félix, Diego, Álvaro, Adrián, el menda con sus guantes de poner tubos y luego Pablo. Pablo es un alma libre. Es la pluma que va de un lado para otro al inicio de Forrest Gump.  A la monotonía del grupo, al trabajo en equipo, al cuidar del resto, Pablo le mete su dosis de alegría, de espontaneidad, de anarquía. Tan pronto lo veías dándote una disertación sobre que no se puede volver a meter la pasta de dientes dentro del tubo como se paraba en la cuneta para comprobar si había pinchado. De repente cogía unos metros de ventaja bajando sentado en el cuadro de su bici en un descenso, como se quedaba rezagado diciendo que no podía más, eso sí, comiendo un plátano y contando un chiste: “-Con tanta lluvia tenemos que lavar la bici porque lo limpio es bueno. Me lo dijo Clean Is Good”. Mientras, todos nos pasamos la carrera dando “instrucciones” a Pablo, el alma libre.
Marcamos desde el inicio un suave ritmo encaminado a hacer la prueba como si fuera un entrenamiento tal y como estaba el clima. Lo importante era la salud, acabar sanos y salvos. En el giro nos hicimos análisis de sangre; en la primera vuelta una toma de la tensión; cuando llegamos a la colonoscopia coincidió, casualmente, con nuestro mejor ritmo (nos pusimos a 3’10 el mil) y no nos dio tiempo a realizarla; llegamos al box y pusimos en práctica una entrenada transición organizada. Los tres primeros debían adelantarse unos segundos e ir equipándose para dejar sitio a los tres siguientes y así no molestarnos.  El resultado fue bien distinto:

“-Merluzo, que te estás poniendo mis zapatillas.
-Deja de meterme el codo en el hocico, animal. 
-Ese no es mi codo, es tu casco, no ves que es de la talla 68 por lo menos, cabezabuque. Que lo has dejado en todo el medio. 
-Te estás llevando mi bici, copón.”

El tono de voz iba subiendo pero gracias a Dios llegó un juez que, con la cara perpleja, dio fin a la disputa. 
En la bici, después de que las primeras rampas nos hicieran olvidar el caos del box, el aire nos puso las cosas difíciles. Ponerte a rueda de un compañero era complicado. Salpicaba el agua como cuando abres el grifo del fregadero y el chorro se encuentra justo debajo con un cucharón que moja hasta las fundas del nórdico del vecino. 

En mi afán por ayudar a uno de los compañeros con un pequeño empujoncito casi me voy al suelo. Me vi tirado en el asfalto y me vino a la mente algo que leí una vez: “-Fierro que da al vidrio ¡ay del vidrio!  Vidrio que da al fierro ¡ay del vidrio!” No me caí y recordé lo hablado: “- Hay que acabar sanos y salvos”. Desde ese momento no he vuelto a tener contacto humano alguno. 

Casi al final del circuito empezamos a notar la presión de un equipo que nos estaba dando caza. El destino quiso que mi bici atravesara un bache que provocó que el inflador saltara y cayera al suelo. Instintivamente para evitar que los de atrás tuvieran algún percance grité: ¡BBOOOMMMBAAA!

Fue mano de santo. Al final, les sacamos de tiempo lo que viene siendo una publicidad de Antena 3. Creo que voy a invertir más horas en esta nueva I+D. Me va a dar ese plus que necesito, sobretodo en el agua. 

Volvimos al box de los hermanos Marx y un murmullo entre los jueces nos hizo comportarnos en esta ocasión como auténticos gentleman: 
“-Tú primero Félix. 
-Nunca antes que usted, Pablo.
-Insisto y no admitiré un no por respuesta, Diego.
- Mi educación me impide colgar la bici antes que la suya, Adrián.” 

Álvaro se negaba a ser el primero alegando que estábamos en su casa y éramos sus invitados. 

Entretanto, fueron pasando equipos y más equipos. Solo faltaba por adelantarnos el de la bomba que seguía cuerpo a tierra esperando a los TEDAX. 

Completamos el último sector dando “instrucciones” a Pablo para entrar todos juntos por el arco de meta, sanos y salvos.
 
Después de una bonita mañana de deporte y de equipo fuimos a comer con nuestras parejas una buena paella a Castellanos de Moriscos (con perdón del pueblo musulmán) donde pudimos disfrutar de los triunfos de los nuestros: Carolina Marín con un nuevo campeonato de Europa. Rafa Nadal otra vez campeón en Barcelona. Carlos Sainz quinto y Alonso finisher. El Vrac y el Chami disputando otra final de la Copa del Rey. Los representantes españoles de Eurovisión entrevistados. Y, entre las risas de los periodistas, salta ella que se lleva en la maleta el libro “España de mierda”. Creo que ha habido un gran error con estos chicos. ¿Quién les da esos libros? Lo que tienen que leer es Bob Esponja y el helado de fresa; El trenecito Chu Chu; Verde Pasa, Rojo Espera. Cada cosa a su tiempo. Luego cuando tengan la mente un poco más avanzada (tampoco mucho, sólo como la mía), podrán leer, por ejemplo, un libro recién publicado que me ha encantado: “La Hez que aplastó a los Niñatos Hécticos ”. No quiero destripar la trama pero hay un capítulo tronchante que te sacará unas cuantas lágrimas de risa: El plató de eurovisión se llenó de aguacaca. Cuenta cómo los dos representantes españoles se suben al escenario después de haberse comido 8 euros de gominolas cada uno, más dos helados con sirope, más tres fresisuis y bla, bla, bla... (con perdón de la mesa).

Me voy alimpiar la bici por que Clean is Good.
 
*Más crónicas de Juan Luis en magisiocularis.blogspot.com.es.

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